Análisis de feminismos: primera ola
Propiciar el análisis del feminismo, sobre todo en la primera ola, hace posible el logro de la responsabilidad docente.
facultad de humanidades · educación secundaria y bachillerato
jue. 09 de sep. 2021
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El presente artículo ofrece abrir la discusión en torno a humanidades y valores, así como saberes, categorías y debates actuales para el ejercicio de una práctica docente basada en la inclusión. Propiciar el análisis del feminismo, sobre todo en la primera ola, hace posible el logro de la responsabilidad que los alumnos demandan con cada vez más urgencia.

Primera ola

Se lee en Nuria Varela: “En 1791, Olimpia de Gouges escribía la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. En su artículo X, la escritora francesa declaraba: «La mujer tiene el derecho a ser llevada al cadalso y, del mismo modo, el derecho a subir a la tribuna…». Y eso fue exactamente lo que le pasó. Olimpia fue guillotinada en 1793, aunque nunca subió a ninguna tribuna, y no porque no lo hubiera intentado.

Un año antes era la inglesa Mary Wollstonecraft quien escribía Vindicación de los derechos de la mujer, considerada la obra fundacional del feminismo. Wollstonecraft moría también simbólicamente: a causa de una infección, tras haber dado a luz a una niña. Y el joven cura dijo: «la mente no tiene sexo».

Antes del nacimiento del feminismo, las mujeres ya habían denunciado la situación en la que vivían, por ser mujeres, y las carencias que tenían que soportar. Esas quejas y denuncias no se consideran feministas, puesto que no cuestionaban el origen de esa subordinación femenina. Tampoco se había articulado siquiera un pensamiento destinado a recuperar los derechos arrebatados a las mujeres”. En estos acontecimientos, que sin dejar de serlo exceden lo simbólico, se podría ubicar “el origen” de lo que hoy se llama los feminismos y sus luchas reivindicativas.

El feminismo ilustrado

El llamado Siglo de la Luces es el que ve emerger, junto a la Revolución Francesa, las primeras manifestaciones de reivindicación de la condición de las mujeres, en relación con los hombres. La demanda por la abolición de los privilegios masculinos, en concordancia con la que se exigía respecto a los privilegios de la aristocracia y el reconocimiento de derechos matrimoniales y a los hijos, al trabajo, a la capacitación profesional, a la educación y al voto. Esto último dando lugar a los movimientos sufragistas dan cuenta de que las mujeres no eran ajenas a una “voluntad política”.

La crítica de la condición femenina

Si la “razón ilustrada” es un arma de crítica y de un orden social que considera injusto y oscuro, si entiende que hay en ella sustento suficiente no sólo para prescindir sino para poner en tela de juicio y contestar un mundo “en el que ya no se puede, ni se debe, vivir”, y si su alcance es “universal”, entonces no hay razón para que de ese instrumento y en ese nuevo mundo no puedan valerse las mujeres, y habitar en él en condiciones dignas.

Redactarán cuadernos de quejas, se organizarán en clubes, y reclamarán la razón la soberanía, también para ellas. Serán esas las primeras formas de efectuar la crítica de la condición femenina y de las relaciones de poder entre los sexos.

Atribuciones

Poullain de la Barre publicaría dos textos fundamentales para la época sobre dicha “condición”. La educación de las damas para la conducta del espíritu en las ciencias y las costumbres, y La excelencia de los hombres contra la igualdad de los sexos. En el primero, su intención era mostrar cómo se puede combatir la desigualdad sexual a través de la educación. En el segundo quiso desmontar racionalmente –actitud Ilustrada, si las hay– las argumentaciones de los partidarios de la inferioridad de las mujeres. Fue ella quien hizo célebre la frase “la mente no tiene sexo”, e inauguró una de las principales reivindicaciones del feminismo, tanto en su primera ola como en la segunda: el derecho a la educación.

Ubicándose en contexto, la interpelación de Poullain de la Barre a un movimiento político y cultural con aspiraciones revolucionarias y universales era subversiva: la emancipación debía incluir a las mujeres.

Derechos civiles

Si la Ilustración venía a reivindicar el reconocimiento de derechos civiles a amplios sectores sociales que hasta entonces habían permanecido excluidos del orden cívico, reinventándolo incluso, tirando del mismo hilo argumentativo, no había razón para que las mujeres quedasen excluidas de los mismos.

El reconocimiento de derechos matrimoniales y a los hijos, el trabajo y la capacitación profesional no eran entonces, ni los son hoy, cuestiones menores. Es en el “espacio privado” del incipiente liberalismo político donde la dignidad del “individuo”, como nuevo sujeto político, se va a materializar. Para las mujeres será ese el espacio que por unos cuantos siglos -y por excelencia- les estará reservado. En un mundo “sin dios”, la ley pública hará de clivaje institucional. Las mujeres entienden, entonces, que allí hay un campo de disputa.

En torno al poder

Que no será el único, por cierto, pues si lo que la Ilustración se propone restaurar, reinstituir, sintiéndose heredera de la tradición (griega), es justamente el campo de la política, forjando instituciones que rompan con un orden autocrático y absolutista. También allí se abre otro espacio sobre el cual avanzar.

Como se sabe, la Ilustración y las revoluciones burguesas a las que dio lugar, en los hechos, dio muestras prontamente de “los alcances” de su empresa. A unas declamaciones radicales siguieron unas prácticas moderadas, cuando no decididamente conservadoras, una vez que los sectores del nuevo poder emergente alcanzaron lo sustancial de sus objetivos. Ese “poder” no tenía demasiadas intenciones de negociar ciertos privilegios asociados a las condiciones que le habían permitido su acumulación de riquezas. Tampoco la estructura de las relaciones sociales entre los sexos.

Controversia

“Las mujeres pueden escribir, pero conviene para la felicidad del mundo que no tengan pretensiones”. Tal vez ninguna otra frase sintetice el clima de época de por aquél entonces. Esta frase pertenece al padre de Olimpia de Gouche y tiene como destinataria a su propia hija. Una vez más, Nuria Varela lo recuerda:

Cuando Olimpia se decidió a escribir, recibió una carta de su padre, que merece ser reproducida parcialmente: No esperéis, señora, que me muestre de acuerdo con vos sobre este punto. Si las personas de vuestro sexo pretenden convertirse en razonables y profundas en sus obras, ¿en qué nos convertiríamos nosotros los hombres, hoy en día tan ligeros y superficiales? Adiós a la superioridad de la que nos sentimos tan orgullosos. Las mujeres dictarían las leyes. Esta revolución sería peligrosa. Así pues, deseo que las damas no se pongan el birrete de Doctor y que conserven su frivolidad hasta en los escritos. En tanto que carezcan de sentido común serán adorables. Las mujeres sabias de Molière son modelos ridículos. Las que siguen sus pasos son el azote de la sociedad. Las mujeres pueden escribir, pero conviene para la felicidad del mundo que no tengan pretensiones. Parece que los temores del padre de Olimpia de Gouges eran idénticos a los que tenían la mayoría de los revolucionarios franceses”.

Si bien las mujeres habían participado del proceso revolucionario de manera muy activa y no todos los intelectuales de la época compartían la misma posición de obcecamiento ante su “condición”, la suerte corrida por muchas de ellas pone de manifiesto, sin equívocos, los límites del proyecto.

Amos de la riqueza

La teoría económica liberal, emergente con las revoluciones burguesas, no sólo tuvo una visión muy particular de los hechos y acontecimientos que hicieron posible el proceso de acumulación del, por entonces, incipiente orden capitalista, respecto de los sujetos políticos, los estamentos y clases sociales que lo integraban, sino también de las mujeres en dicho orden.

El individuo, el nuevo ciudadano, tenía unas características muy peculiares y definidas. Ante todo gozaba de una posición económica de privilegio respecto del resto de los integrantes de la comunidad. Pero, además de “propietario”, era “varón” (adulto y blanco).

Desde sus albores, la teoría económica liberal fue también una teoría política solapada y una teoría pseudoantropológica. Sólo a partir de ella, se hubo de arribar a homo oeconomicus de la contemporaneidad. Ese reduccionismo estipula una racionalidad de carácter instrumental a la condición humana toda. Además sigue excluyendo, en la medida que puede hacerlo, al sujeto político “mujer” de su ámbito.

Aquél período histórico, por revolucionario que haya sido, no pudo entonces ser menos en este sentido. Hubo que esperar a los desarrollos que el capitalismo alcanzase en sus fases más actuales, para que la mujer fuese incorporada a su matriz productiva de modo intensivo. Sin embargo, tanto en sus comienzos como en esas transformaciones más recientes, dicha incorporación tuvo el sesgo distintivo de la precariedad y la diferenciación, además de la impronta innegociable que “su lógica” (la del capital) impone.

Referencias intelectuales

En estas tres figuras, tal vez, se sintetice de la mejor manera el espíritu de lo que se ha dado en denominar “la primera ola del feminismo”. Es en Olimpia de Gouges en quien se lee:

“Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos (…), reconocen y declaran (…) los siguientes derechos del hombre y del ciudadano. Las madres, las hijas y las hermanas, representantes de la nación, piden ser constituidas en Asamblea Nacional. Considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una solemne declaración los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer”.

Así mismo, en Wollstonecraft: “Yo sinceramente deseo señalar en qué consiste la verdadera dignidad y la felicidad humana. Deseo persuadir a las mujeres para que se esfuercen en adquirir fortaleza, tanto en su mente como en su cuerpo, y convencerlas de que las frases suaves, la susceptibilidad del corazón, la delicadeza de sentimiento y el refinamiento del gusto son casi sinónimos con epítetos de debilidad, y que esos comportamientos son sólo objeto de lástima”.

Entre ellas, “el disidente” Poullain de la Barre, una especie de senda perdida entre Descartes y Rousseau, escribe De la igualdad entre los sexos. Poullain fue un joven sacerdote que en sus obras se permite aplicar los criterios de la racionalidad a las relaciones entre los sexos. Anticipándose a las ideas principales de la Ilustración, especialmente el arraigo de los prejuicios, propugna el acceso al saber a las mujeres como remedio a la desigualdad y parte del camino hacia el progreso. Responde a los intereses de la verdad. Lo que hoy se llamaría un extemporáneo.

Abordaje de las humanidades

Las humanidades son una disciplina polémica. Está siempre rodeada de amenazas debido a los temas abstractos en los que se concentra, los cuales suelen aparecer como una competencia hacia el modelo de pensamiento de los gobernantes.

TECH Universidad Tecnológica, en consecuencia, propone que los profesionales adquieran primero unas capacidades argumentativas muy altas (las cuales se pueden conseguir en el Máster en Filosofía y Teoría de la Sociedad o el Máster en Historia de la Filosofía e Historiografía).

Una vez se haya fortalecido esta capacidad de razonamiento y debate, el humanista deberá ampliar y compartir sus conocimientos por medio del Máster en Didáctica de la Filosofía y Valores para asegurarse de que tiene el control de una disciplina imprescindible en el mundo.

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