Las emociones básicas
Las emociones básicas nos guían de la mejor manera cuando nos enfrentamos a una urgencia o emergencia que puede ponernos en peligro.
facultad de psicología · psicología en emergencias
sáb. 10 de jul. 2021
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Las emociones básicas nos guían de la mejor manera cuando nos enfrentamos a una urgencia o emergencia que puede ponernos en peligro. Su propósito fundamental es garantizar nuestra supervivencia. Por ello, ante un estímulo externo, el cerebro reacciona con la bioquímica precisa que requerimos ante la amenaza y disparará una emoción específica. Ella prepara al cuerpo para la acción concreta que mejor se adapte al estímulo al que nos enfrentamos.

Profundización

Como su nombre indica, una e-moción es energía en movimiento. Por ende, las emociones se entrelazan con la bioquímica y las estructuras neurológicas que acabamos de ver para ponernos en una plataforma de acción que ponga en marcha las respuestas más adaptativas ante la amenaza que estamos enfrentando. Para que una emoción sea considerada una emoción básica, tiene que cumplir una serie de requisitos:

  1. Tiene que sintetizarse un neurotransmisor o un grupo de neurotransmisores idéntico/s cada vez que la emoción va a surgir.
  2. Hay un compendio de estructuras límbicas que se activan para que suceda la emoción básica, distinta a las estructuras límbicas que se activan para que surja otra emoción básica.
  3. Se produce una reacción psicofisiológica que coloca al mamífero en una plataforma de acción (conducta): hormonal, actitud motora…
  4. Se manifiesta un nivel muy sofisticado, inmediato y dinámico de comunicación a nivel inter e intrapersonal.
  5. Tiene una fascies (cara, gesto) específica.

Tipos de emociones

Hasta ahora, diferentes autores hablaban de hasta siete emociones básicas:

  • Desagradables: miedo, rabia, tristeza, asco y culpa.
  • Neutras: sorpresa.
  • Agradables: alegría.

Si observamos las diferentes emociones, no es de extrañar que durante tanto tiempo se nos haya instruido a vivir en un mundo puramente racional en el que las emociones tenían que ser evitadas y controladas. De las siete emociones básicas, vemos que una es neutra, la sorpresa. Luego será agradable o desagradable según el estímulo que la haya disparado. Una es agradable, la alegría, y… ¡cinco son desagradables! Es decir, prácticamente cada vez que nos emocionamos es para sentirnos mal. Por eso es normal que no queramos ni oír hablar de emocionarnos. Incluso hay profesionales de la salud mental que hablan de emociones positivas y emociones negativas, cuando en realidad todas las emociones son fundamentales para nuestra supervivencia.

Además, todas tienen un sentido que, bien utilizado, nos ayuda a vivir una vida satisfactoria y segura. De hecho, lo que define la salud mental es la flexibilidad para poder utilizar cada emoción correctamente y a tiempo cuando la situación exige de la respuesta emocional. La patología a nivel mental ocurre cuando reaccionamos ante todo con la misma emoción. Por ejemplo miedo en los casos de ansiedad. También cuando hay emociones que no nos permitimos sentir y que transformamos en otras, que manifestamos en situaciones donde no son adecuadas.

Sorpresa

La sorpresa es la emoción que sentimos ante un estímulo nuevo. Cuando aparece algo imprevisto, necesitamos desconectar de todo lo que estamos haciendo para enfocar en lo nuevo y evaluar rápidamente si es una amenaza. De esta manera lo enfrentamos lo más rápido posible. Si es algo seguro o neutro, entonces poder volver a lo que estábamos haciendo.

Por ello la sorpresa tiene que ser muy rápida. Es la primera emoción que sentimos cuando pasa algo nuevo. La plataforma de acción en la que nos pone es la desconexión (del mundo) y la concentración (en el estímulo nuevo). Si el estímulo es una amenaza, pasaremos a la rabia, el miedo o la desconexión. Si no es una amenaza, pasaremos a una emoción de seguridad, curiosidad o simplemente dejaremos de tenerlo en cuenta. El neurotransmisor de la sorpresa es la Adrenalina (A).

Miedo

Cuando tras sorprendernos y atender profundamente al estímulo nuevo el cerebro decide que es una amenaza que nos supera, pasaremos rápidamente de la adrenalina a la noradrenalina (NA). De esta manera se pone en marcha el miedo, cuya plataforma de acción es la huida. El miedo es, por tanto, la emoción que está relacionada íntimamente con la respuesta de estrés de huida. Sin miedo no sobreviviríamos mucho tiempo. Si no tuviésemos miedo ¿para qué mirar hacia un lado y hacia otro antes de cruzar la carretera? El miedo nos previene de ponernos en riesgo, nos insta a alejarnos de aquello que puede poner en peligro nuestra integridad física o emocional y nos ayuda a sentirnos más seguros. Obviamente, si la reacción de miedo se produce ante circunstancias o personas que no son un peligro real, entonces se convertirá en una emoción limitante muy perjudicial para nuestra libertad y nuestro desarrollo.

Gran parte de nuestra intervención tiene como objetivo ayudar a la persona a descubrir cuándo su miedo inconsciente resulta limitante porque la situación de peligro ya ha pasado. Por tanto es momento de superarlo a través de poner en marcha sus nuestros recursos personales. Para ello se necesitan otras emociones más enfocadas en el aprendizaje de nuevos recursos.

Rabia/ira

Uno de los problemas más graves en nuestro mundo en la actualidad es la violencia. Pero ¿es lo mismo agresividad que violencia? La respuesta es un rotundo no, son cosas muy diferentes aunque estén íntimamente relacionadas. La agresividad, la rabia, es una emoción básica que aparece cuando nuestro cerebro percibe una amenaza o un peligro al que tiene que enfrentarse y considera que tiene la fuerza o la capacidad para hacerlo. La plataforma de acción en la que nos sitúa es el ataque. La rabia, por tanto, es la respuesta que permite que el cuerpo tenga la energía suficiente para defendernos cuando alguien nos ataca o abusa de nosotros. Si no tuviésemos rabia, no nos rebelaríamos ante las injusticias o no tendríamos la fuerza suficiente para luchar por nuestros derechos.

La violencia es la expresión física de la agresividad. Normalmente se produce porque no encontramos las vías adecuadas para expresar la rabia y ésta se estanca o se reprime hasta que sale de manera incontrolada. Va a ser muy importante facilitar cómo expresar la rabia de una manera adecuada a la personas con las que estemos trabajando. De esta manera, esa reacción tan natural ante la injusticia de una emergencia no se transforma en violencia, ni contra los demás ni contra sí mismos.

Los neurotransmisores implicados en la rabia son la noradrenalina (NA) y la dopamina (DA). Es decir, una persona que se pone agresiva está sintiendo fundamentalmente miedo, aunque también tiene una parte de locura. El subidón que uno siente cuando anticipa que puede ganar, que puede salir exitoso de una situación, es lo que ofrece la DA. Ese subidón es el que hace que la persona se enfrente al peligro en vez de salir corriendo. Pero esto tiene una implicación importante para cuando trabajemos con el paciente agresivo. Entender que bajo la violencia existe una base de miedo nos va a hacer juzgar menos a la persona agresiva y enfocarnos en transmitirle la seguridad necesaria. Esto provoca que su miedo se diluya, con el la NA y con ella las ganas de actuar de manera violenta.

Asco

El asco es la emoción que sentimos ante algo que es venenoso para nosotros. El objetivo del asco es mantenernos lejos de aquello que nos puede dañar y, por tanto, su plataforma de acción es la aversión. Lo peor que podemos sentir por otro ser humano es asco. Cuando sentimos rabia, por lo menos sentimos algo por esa persona que nos lleva a aproximarnos a ella. Si estamos enfadados con alguien es porque de alguna manera nos importa. Sin embargo, el asco nos lleva a alejarnos de alguien, a mantenerlo lejos porque es aversivo, un veneno para nosotros.

El asco comparte los neurotransmisores de la rabia, NA y DA, pero aumentando la proporción de ésta última.

Alegría

La alegría es la emoción que nos recompensa cuando logramos algo que hemos estado persiguiendo. La alegría nos sitúa en la plataforma de acción de permanecer. Dispara un chute de DA que provoca una sensación de felicidad que nos indica que aquello que hemos conseguido está bien.

Nos mantiene en un estado de felicidad que nos encanta, pero también tiene sus peligros. La DA es la sustancia que está debajo de las adicciones. Es tan agradable que el cuerpo la busca una y otra vez. Por eso se dice que la felicidad no la podemos poner como un objetivo, porque si el objetivo es ser felices, entonces lo más fácil es recurrir a la cocaína u otras sustancias que nos provocan la misma sensación. El anhelo de DA es lo que siente cualquier adicto al objeto, acción o persona que le provoca el chute dopaminérgico. La felicidad está muy bien cuando nos encuentra, cuando persiguiendo nuestra misión personal alcanzamos los objetivos propuestos. En ese momento la DA se dispara y nos sentimos bien. Pero cuidado en querer estar siempre alegres y felices porque después de un subidón siempre viene un bajón. Entonces estaremos siempre en estrés, buscando más y más hasta hacernos nuestra vida muy desdichada.

Cuando la persona está enganchada a la felicidad y busca atajos para evitar cualquier sensación negativa, va a tener muy difícil poder enfrentar con garantías una situación de emergencia. Ésta, por definición, conlleva dosis de dolor inevitable con el que hay que saber estar.

Seguridad

La seguridad es la señal del cuerpo que nos indica que las cosas están bien, que vamos por buen camino, por nuestro camino. El bien-estar es un proceso, un camino lleno de pequeños o grandes objetivos que se van alcanzando para llevarnos a otros. Su fin último es el crecimiento y la evolución. Cada vez que alcanzamos uno, ahí está la alegría para darnos la dosis de DA que nos ayude a motivarnos para seguir creciendo.

El neurotransmisor que hay bajo la seguridad es la serotonina (5-HT). Es el neurotransmisor de los antidepresivos, del famoso prozac que era vendido como la pastilla de la felicidad. Sin embargo, esto no es cierto. En realidad es la pastilla de la seguridad. Y cuando nos sentimos seguros, podemos vivir la vida con una fascinante serenidad. La plataforma de acción en la que nos coloca la seguridad es el control. Nos sentimos dueños de nuestro alrededor y capaces de afrontar los retos que la vida nos pone delante. Eso, sin duda, nos hace sentir bien. Pero no el bien exagerado de la alegría, sino el bien sereno de la satisfacción.

La felicidad son momentos puntuales; la satisfacción es la base que puede haber entre esos momentos. Es el estado en el que se sienten los grandes maestros que saben que, pase lo que pase, todo está bien. Que la persona sienta seguridad una vez que el episodio traumático ya ha pasado es nuestro mayor reto, cada vez que estemos decidiendo hacer o no hacer algo, la pregunta que nos deberemos hacer es: ¿Esto provocará que la persona se sienta más segura o más en peligro?

Culpa

La culpa como emoción nos permite darnos cuenta de que hemos hecho algo mal y nos pone en la plataforma de acción de reparar. Hemos hecho daño y la culpa nos invita a compensar el dolor causado a través del cuidado o de ofrecer algo que el otro quiere.

Es importante diferenciar la culpa como emoción básica, fundamental para la vida en comunidad. De la culpa como método de control de la mente que está manejada por el miedo. Hay una diferencia entre la responsabilidad y la culpa cognitiva, que es tan limitante. Trataremos específicamente cómo abordar a la persona que siente culpa tras un incidente crítico, ya tenga motivos para sentirse culpable porque ha hecho algo mal que ha tenido consecuencias desastrosas como si es una culpa que busca controlar lo incontrolable, como la culpa del superviviente o de las personas abusadas.

Curiosidad

La curiosidad es la emoción básica que nos lleva a descubrir, a evolucionar. Nos sitúa en una plataforma de acción de interés y desde ese interés aprendemos, crecemos. Los neurotransmisores de la curiosidad son la 5-HT con la DA. Es decir, una sensación de seguridad con una dosis de locura, de alegría, que nos lleva a investigar.

En ese proceso de crecimiento permanente, las situaciones de emergencia ponen a la persona ante la ocasión de aprendizaje mayor y a la vez ante la más difícil. Que la persona construya un sentido de lo que ha pasado, que tenga curiosidad para hacerse preguntas o que cambie la rabia hacia lo que ha pasado por un estado de investigación, es vital para que el acontecimiento traumático pueda, con el tiempo, convertirse en un factor de evolución o algo que paralizó nuestra vida.

Cuando en nuestra vida creamos algo que está relacionado con nuestra misión personal, nos sentimos satisfechos y seguros. Eso nos da fuerza para seguir adelante. Cuando conseguimos el objetivo, entonces la alegría nos recompensa para repetir esa acción una y otra vez hasta que sentimos que eso que estamos creando ha sido completado. Entonces ha llegado el momento de parar y empezar a enfocar la energía en crear algo nuevo. La falta de alegría es señal inequívoca de estar estancados o haber cogido el camino incorrecto. Por eso las personas bloquean su crecimiento: porque el dolor o el esfuerzo que a veces conlleva son demasiado grandes. Se sienten muertos (depresión) o desean estarlo. Se produce en ellos la pelea entre la parte que impulsa a crecer y evolucionar y la que trata de frenar (ansiedad, distimia, cansancio vital).

Admiración

Se ha llamado a la emoción que está basada en el neurotransmisor Acetilcolina admiración, pero también podría haberla llamado contemplación. Admiración es lo que sentimos cuando observamos algo sin querer cambiarlo. Por eso observar la naturaleza nos hace sentir tan bien. Observamos un fuego sin intentar dominar las llamas, de una manera pasiva, contemplando. La plataforma de acción en la que nos pone es la imitación. Por eso es la base del aprendizaje vicario. Ese aprendizaje que creamos observando lo que hacen los demás.

Desde luego que llegar a una persona tras una emergencia a sentir que todo está bien y que no quiere cambiar nada es un reto prácticamente imposible. Sin embargo, siempre podemos crear momentos en los que la persona encuentre un refugio donde reposar sin necesidad de hacer nada, aunque sea en ocasiones parar y sentir la vivencia de su propio dolor pasando. En una situación tan traumática, se necesita un espacio para poder parar: parar el cuerpo, parar la mente, parar aunque sea para simplemente llorar.

Tristeza

Cuando tenemos un accidente y nos rompemos algún hueso, ¿qué hacemos? Inmovilizarlo y dar tiempo a nuestro cuerpo para que realice las funciones necesarias para recuperarlo. La tristeza es el mismo proceso, pero ante un trauma emocional. Cuando sufrimos una herida emocional, una pérdida por ejemplo, nuestro cuerpo necesita inmovilizarse durante un tiempo para aceptar el dolor y poder superarlo. Si siguiésemos con nuestra vida normal, no nos dedicaríamos el tiempo y el esfuerzo para superar este tipo de situaciones difíciles. Eso haría que nuestro cuerpo no pudiese adaptarse bien a los acontecimientos difíciles del futuro. Aceptar la pérdida y darnos un tiempo para afrontarla, hacer el proceso de duelo, es fundamental para poder seguir viviendo con satisfacción y sentido vital.

En la tristeza hay un apagón en el cerebro; nos quedamos sin neurotransmisores. Por eso las personas deprimidas no tienen ganas ni fuerza para nada. Su cerebro está funcionando al mínimo y eso nos permite ahorrar la energía que necesitamos para recuperarnos y sanar la herida que nos ha provocado la pérdida que hemos tenido.

Abordaje de las emociones

Cuando una persona se enfrenta a una catástrofe, está ante el mayor reto de su vida. Es el momento en el que se encuentra más vulnerable y cuando más apoyo necesita. Estas situaciones pueden ser problemas de cualquier calibre, desde situaciones adversas en el aprendizaje (comprendido en el Máster en Altas Capacidades y Educación Inclusiva para Psicólogos) hasta el desarrollo de patologías producto de la edad (como lo estudiado en el Máster en Psicopatología Clínica Infantojuvenil).

Por su parte, el Máster en Psicología de Urgencias y Emergencias crea la figura de un profesional capaz de acompañar con eficacia a las personas en los momentos más difíciles de su vida. Este es un requisito imprescindible que todo especialista debe dominar, tanto para su quehacer diario en la consulta como en el caso en que se le necesite para intervenir una situación más grave.

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