Discapacidad intelectual y fármacos

Las afecciones relativas a la discapacidad intelectual que más frecuentemente se tratan con fármacos son el déficit de atención, la hiperactividad, el autismo, la conducta impulsiva y agresiva, las autolesiones y los trastornos afectivos.

facultad de medicina · farmacología terapéutica
viernes, 29 de julio de 2022
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La discapacidad intelectual supone baja capacidad intelectual y dificultad para adaptarse a las demandas del entorno. El problema tiene su inicio en la infancia o principios de la adolescencia. Hasta la fecha actual no hay fármacos que específicamente traten la deficiencia y para conseguir una capacidad intelectual dentro de límites normales. El tratamiento farmacológico se centra en el tratamiento de las alteraciones conductuales y problemas neurológicos que se asocian a tal estado. Afecta aproximadamente al 3 % de la población (CI<70).

Deficiencias cognitivas tratadas por fármacos

Las afecciones que más frecuentemente se tratan son el déficit de atención, la hiperactividad, el autismo, la conducta impulsiva y agresiva, las autolesiones y los trastornos afectivos. Además, presentan una alta prevalencia de epilepsia, alteraciones psicomotrices y trastornos del sueño. Entre 30 % y 70 % de los afectados por discapacidad intelectual presentan comorbilidad de otros trastornos mentales o neurológicos y la incidencia de estos es mayor cuanto más profundo es el déficit. Se calcula que la prevalencia de trastornos mentales en esta población es cinco veces superior a la de la población global. Los tratamientos con estimulantes, antidepresivos (ISRS) o neurolépticos atípicos son los más frecuentes.

El objetivo del tratamiento es múltiple. En primer lugar, se busca mejorar la calidad de vida del paciente y la de su entorno familiar. En segundo lugar, facilitar la integración social. Luego, el desarrollo de habilidades útiles para la vida. En cuarto y último lugar, prevenir el deterioro cognitivo. Para ello hay que actuar sobre aquellos síntomas que suponen un riesgo físico para el sujeto y su familia, sobre los síntomas que causan malestar subjetivo, sobre los síntomas que interfieren en la vida familiar y sobre los que impiden la adquisición de habilidades y conocimientos.

Utilización de fármacos en pacientes con discapacidad intelectual

La utilización de la medicación en estos pacientes debe regirse por las mismas normas que en los pacientes sin discapacidad intelectual. Hay que ser cuidadoso con los efectos indeseables, que no van a ser diferentes, sobre todo porque, a menudo, el paciente no es capaz de transmitir su malestar de forma eficaz. La indicación del fármaco es la misma que en el sujeto con inteligencia normal, los mismos fármacos para los mismos objetivos terapéuticos. No se debe prescribir la polimedicación si es necesaria, pero es preferible introducir los medicamentos uno por uno, a fin de identificar el causante de efectos indeseables o toxicidad. También la retirada debe ser de uno en uno.

La dosis que se empleará y la duración del tratamiento son las mismas que en el resto de la población. Pero la introducción, por los motivos ya expuestos, se hará de forma muy progresiva, hasta conseguir el efecto deseado. Es cierto que determinadas personas que cursan con esta discapacidad originan respuestas anormales a ciertos fármacos y tanto estos como aquellos deben conocerse de antemano.

TDAH

Soslayados los problemas del proceso diagnóstico (los test están diseñados para niños sin retraso), el tratamiento para el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es el mismo que para el niño con inteligencia normal, el Metilfenidato (Liberación normal: Equasym®, Medicebran®, Medikinet®, Rubifén®. Liberación controlada: Concerta®, Rubicrono®). La respuesta es inferior a la de la población global, pero aproximadamente dos tercios de los pacientes mejoran notablemente en la ejecución de tareas. La dosis debe ajustarse a cada paciente, comenzando por la mínima y aumentando progresivamente hasta obtener respuesta.

Cuando el problema principal no es el déficit de atención sino la hiperactividad, la Clonidina (Catapresán®), agonista α2-adrenérgico, es muy útil. La dosis se establece de forma individual. Su principal efecto secundario es la hipotensión, por lo que hay que hacer controles frecuentes.

Espectro autista

Cuando se asocia algún trastorno del espectro autista, la posibilidad de efectos secundarios es mayor, lo que nos obliga a ser más cautos: insomnio, irritabilidad, convulsiones y tics. La comorbilidad de discapacidad intelectual y TEA es muy elevada y a veces la separación de uno y otro es muy dificultosa dada la coincidencia de síntomas.

El autismo no tiene tratamiento específico, pero los estudios demuestran que los neurolépticos atípicos, especialmente Risperidona (1-4 mg/día), son útiles frente a las conductas explosivas, las conductas estereotipadas, la hiperactividad, las conductas auto y heteroagresivas, en el 67 % de los niños. Mejoran además la relación social y la capacidad de cooperación. Son eficaces desde los 2 años y siguen siéndolo en tratamientos prolongados. Los efectos indeseables habituales son el aumento de peso, la fatiga, la somnolencia y algunos efectos extrapiramidales como babeo y temblor. Estos efectos suelen disminuir tras varias semanas de tratamiento. Se precisan controles de lípidos, glucosa y prolactina, ya que estos parámetros pueden verse afectados. No hay estudios fiables en niños todavía, pero parece que una buena alternativa sería Aripiprazol.

Ansiedad

Uno de los trastornos más frecuentes en la discapacidad intelectual es la ansiedad; en síndromes como el de X frágil es uno de los síntomas más llamativos. Aunque se podría pensar que el mejor tratamiento sería benzodiacepina, en estos niños son frecuentes las respuestas paradójicas y el aumento de secreciones bronquiales, por lo que deben reservarse para actuaciones puntuales.

Los ISRS suponen la primera opción, con la ventaja de que son útiles también para los numerosos síntomas obsesivos que estos pacientes presentan. También es útil Carbamazepina con este fin, máxime cuando es frecuente la asociación con epilepsia. Y la mencionada clonidina, de efectos sedantes.

Los sujetos con discapacidad intelectual suelen presentar conductas impulsivas que, junto con la incapacidad para valorar adecuadamente los riesgos, suponen una mayor casuística de accidentes y lesiones, tanto en ellos como en sus familias. Las conductas disruptivas suelen ser la primera causa de demanda farmacológica. Se puede controlar la impulsividad mediante antipsicóticos atípicos (Risperidona), ajustando la dosis al peso y edad del paciente y a la respuesta obtenida. También son útiles los estabilizadores del ánimo Valproato y Carbamazepina y Clonidina por su efecto sedante. El carbonato de litio se reservará para casos que no responden a los fármacos anteriores, dada la complicación de su uso.

Depresión

La depresión y los cuadros bipolares son también frecuentes en la discapacidad intelectual, pero es común que se manifiesten con irritabilidad, labilidad emocional o conducta agresiva. Además, algunos neurolépticos pueden desencadenar un estado depresivo como efecto secundario. El tratamiento de la depresión es el mismo que para niños con inteligencia normal y son de elección los ISRS. Si no hubiera respuesta tras aumentar la dosis es recomendable el cambio a un ATC. El trastorno bipolar necesita un antipsicótico atípico, de preferencia Risperidona, o un eutimizante como Valproato o Carbamazepina. En casos graves, se puede emplear Litio. Para el tratamiento del insomnio es recomendable el uso de Melatonina frente a otras opciones.

Terapia psicofarmacológica

No hay un tratamiento específico para el déficit intelectual, aunque sí hay vías de investigación abiertas. Por ahora, el tratamiento más utilizado es el psicofarmacológico, que aminora los efectos secundarios mencionados. No obstante, se espera que gracias a los avances médicos de los últimos años cada vez sea más posible el tratamiento directo de los efectos de la discapacidad intelectual. En TECH Universidad Tecnológica hemos diseñado el Máster en Psicofarmacología, que te dará las herramientas para integrar a tu práctica diaria la psicofarmacoterapia, con resultados óptimos para pacientes que requieren un tratamiento entre médico y psiquiátrico.

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