Caos y cosmos
Desde una mirada histórica, el experto en filosofía puede atender aspectos tanto científicos como culturales por medio de conceptos abstractos como el caos y el cosmos.
facultad de humanidades · educación secundaria y bachillerato
lun. 29 de mar. 2021
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Este artículo tiene el propósito de introducir en las competencias conceptuales necesarias para la delimitación de los criterios fundamentales que permiten establecer el posicionamiento ontológico, de carácter no metafísico, con relación a la naturaleza humana. Desde una mirada histórica, el experto en filosofía puede atender aspectos tanto científicos como culturales por medio de conceptos abstractos como el caos y el cosmos.

Caos sin metafísica

Una situación imaginaria

El origen común del hombre es el caos, el abismo, lo informe e impenetrable, lo siempre desconocido. Hesíodo, en su Teogonía, comienza diciendo: “antes que todo existió el caos”, y sólo desde allí va a ir concibiendo la progenie de los dioses y de los mortales. O sea, de los que hoy están aquí y de aquellos que, en el ‘loco’ afán de transparencia, han sido enviados al destierro, eterno.

Se ha dicho que en el principio fue el verbo en el sentido en que, si se ha llegado hasta aquí, si es posible decirnos -con propiedad- humanos, es porque somos lenguaje. Ese es el punto de partida desde el cual interesa postular una ontología en clave hermenéutica. Se cree que es posible explicar el derrotero que trajo hasta el presente bajo este trazo, sin necesidad de recurrir a un argumento que haya otorgado el ser por fuera de la inmanencia.

El desorden ‘primitivo’

Un estado por fuera de lo humano y lo divino

No se escapa que se podría tener entre los lectores algunos incrédulos, en el sentido de ‘no dispuestos a creer’, en el tipo de propuesta que se está formulando. Tanto para creyentes como para evolucionistas, bien podría ser esta una herejía. Los primeros verían aquí a hombres de poca fe y, los segundos, a embaucadores discursivos.

Ese parece ser el destino de los hermeneutas en el siglo del retorno de los dioses oscuros o de la consagración de los transparentes. Como si hablar de lenguaje fuese una especie de ociosidad de literatos, como si aquellas posturas pudiesen prescindir de las metáforas en el edificio estructurante de sus verdades.

Sin embargo, no carece de sentido imaginar que, si el lenguaje hace las veces de estructurante en la condición humana (y si el mundo es tal porque es posible nombrarlo, si hay un orden en su gramática, un atisbo de armonía, una referencia hacia lo que hace sentido), entonces antes hubo un estado por fuera de lo humano y de lo divino; hubo un caos. Una indeterminación, un estar sin nombres, un magma.

En esta narrativa del caos es el momento del sinsentido, esa inmensidad previa, esa eternidad en ausencia. En el des-orden primitivo, lo que falta es el sentido. Y falta porque ni siquiera en la inmanencia hay telos. El sentido sólo es posible a partir de la emergencia de una aspiración a un cosmos. La cuestión excede el registro de la temporalidad, en tanto un antes y un después, hay entre caos y cosmos un salto cualitativo, un salto simbólico, decisivo. Antes no había sentido y después, el sentido queda instaurado. Lo decisivo está allí.

El cosmos como institución

De ahora en más

El sentido es institución. Todo ‘lo humano’ surge a partir de allí, de ese hecho, pues sólo un ser capaz de simbolizar su mundo y su existencia es un ser en condiciones de otorgarle sentido a algo. Ya nada volverá a ser como antes. El retorno será un imposible: No se vuelve al vientre después del alumbramiento. No se vuelve a la naturaleza después del lenguaje. Salvo que se esté dispuesto a forcluirlo, en cuyo caso se habrá dejado de ser humano.

Arquetipos del orden terrenal y comunión

Para el sentido común, hay allí una afirmación recurrente que genera mucha incomodidad. En él, doxa e ideología dominante hacen cuerpo: por la religión/metafísica o por la ciencia, esos son los lugares desde los que tiene que emanar la verdad. Los discursos hermenéuticos hacen de rara avis en ese sentido, en el mejor de los casos. Cuesta mucho pensar allende a las esencias. La heteronomía humana se manifiesta allí, en esa prerrogativa epistemológica que no se está dispuesto a abandonar.

Sin embargo, en ese movimiento instituyente, en ese milenario proceso que hizo posible la simbolización, todo estaba en germen. El ser humano es la consecuencia de una aleatoriedad –podría haber sucedido de otro modo– y no por ello está condenado a la anarquía.

Los dioses son nuestros dioses. Son esa densa materialidad simbólica que, cuando falta, expone al cuerpo –singular y social– a la angustia o al sinsentido. Tal vez por eso esta sea la época de las ‘patologías del vacío’. Nihilismo, escepticismo y cinismo lúcido se conjugan para hacer del cuerpo un lugar inhabitable. Al resto da respuestas –siempre fallidas– la industria farmacéutica.

Que los dioses sean ‘nuestros’ en nada invalida su valor, su estatuto ontológico o la verdad acerca de su existencia. Haberlos hecho emerger, haberlos instituido, poco tuvo que ver con lo caprichoso o lo voluntario –en el sentido que la perspectiva racionalista del saber le otorga al término–. Un animal que imagina es un animal impredecible y, para poder imaginar, el recurso del lenguaje es indispensable.

El hombre les dio forma a seres excepcionales, para que oficiasen de garantes de su fragilidad ante ese mundo de la vida -Naturaleza- que le excedía, le resultaba hostil y le ponía en riesgo. Arquetipos del orden terrenal que contribuyan a la regulación moral –lo bueno, lo malo, lo permitido, lo prohibido, lo beneficioso, lo perjudicial, etc– y al resguardo y amparo, ante la adversidad o el fatum profundamente angustiante de ‘saber la muerte’.

Lo sagrado y lo pagano

Bajo la forma de la cinta de Moebius

Se hizo así, casi sin saberlo, un entramado de sentido que, al modo de una cinta de Moebius, fue anudando lo pagano con lo sagrado.

A los posmodernos, que se animan a hablar incluso –y en algunos casos con optimismo– de poshumanidad, estas formas de entender la representación parecen lejanas y arcaicas. Forman parte de un ‘hace a…’ primitivo, de un estadio superado, de un momento de ingenuidad en tanto especie. La modernidad, como momento histórico pero además como cuerpo de episteme de saberes, se propuso desacralizar el mundo. Su tarea fue arrojar luz allí donde la oscuridad lo había ganado todo.

Son los hombres de las luces quienes, tomando la parte (razón) por el todo, llevan a cabo la operación. Tras ellos, ‘nosotros’: seres racionales, a pies juntillas. Antonio Gala, hablando acerca de la libertad, dijo alguna vez: “el Renacimiento y la modernidad se encargaron de liberarnos de la ingenuidad (…) Y nos arrojaron a la intemperie de un mundo sin Dios, autónomos, y huérfanos (…), de frente a un universo de inmensa soledad”. Y, aun así, como alguna vez se supo escuchar, “el inconsciente insiste una y otra vez hasta hacerse escuchar”. Uno no se deshace tan fácilmente del pathos de sus ancestros.

En búsqueda de respuestas

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